A finales del siglo XV se encuentra ya perfectamente consolidada la estructura urbana del casco histórico de Moguer. Las plazas del cabildo, del Marqués y de la iglesia, y los conventos de Santa Clara y San Francisco son las referencias de un caserío medieval constituido por edificios de barro, tapial y madera, con portales y soberados, lagares y bodegas.

 Por aquella época Moguer era un centro económico y comercial de primer orden. En su puerto sobre el Tinto, que contaba con muelle de carga, varadero, astilleros y una de las más importantes alotas del litoral andaluz, la actividad marinera era incesante.

La pericia de los navegantes de la comarca era reconocida en el mundo entero, por lo que no es de extrañar que Cristóbal Colón encaminase sus pasos a la ría del Tinto, seguro de que en estas tierras se encontraban los hombres, los barcos y los conocimientos náuticos necesarios para hacer realidad su sueño de alcanzar las Indias por una nueva ruta hacia Occidente. Los marinos del estuario del Tinto eran avezados navegantes curtidos en travesías por el Atlántico y el Mediterráneo. Éstos llegaron a constituir linajes de marinos que eran respetados en toda la comarca, y trasmitían sus conocimientos de padres a hijos. Entre los linajes del puerto moguereño debemos destacar la familia de los Hermanos Niño, la de Cristóbal García del Castillo, los Roldán, o los Vivas, entre otros.

 Colón visitó la villa de Moguer en varias ocasiones con el propósito de conseguir apoyos para su proyecto, encontrando en la entonces abadesa del monasterio de Santa Clara, Inés Enríquez, pariente del Rey Católico, una eficaz aliada que se convertiría en valedora del marino genovés ante la corte de Castilla.

Cuando los Reyes Católicos aprueban el proyecto de Colón y son necesarias naves para la empresa, los monarcas comisionaron al contino Juan de Peñalosa para que hiciera cumplir en Moguer una real cédula, escrita en Santa Fe el 30 de Abril de 1492, por la que ordenaba se entregasen al Almirante, donde y cuando las solicitara, tres carabelas armadas y equipadas, propiedad de moguereños. Como es sabido, al final Moguer aportó la carabela “Niña”, y hasta un tercio de la tripulación de la expedición descubridora, con el piloto mayor de la flotilla Pedro Alonso Niño a la cabeza.

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